
La churra es una oveja especializada en la producción de leche, mientras que la merina es más apreciada por la lana que tiene. Igual, vistas todas juntas en redil, y de lejos, no hay manera de distinguirlas, pero son bien distintas y, sobre todo, nos sirven para cosas diferentes. Con la financiación autonómica y las balanzas fiscales ocurre lo mismo. Vistas así, de lejos, nos podría parecer que son lo mismo. Pero no lo son.
El sistema de financiación autonómica regula con qué fuentes de ingresos sufragan sus gastos los gobiernos de las Comunidades Autónomas. De manera muy resumida, el asunto funciona así: la Administración Central traspasa la gestión de un servicio público a una Comunidad concreta y, en una comisión bilateral en la que hay representación de ambas partes, se acuerda cuánto cuesta mantener el servicio. A continuación, el gobierno central traspasa a esa Comunidad algunos impuestos para financiar ese servicio y todos los que ya ha traspasado con anterioridad. Con el sistema actual, las Comunidades se nutren principalmente del 50% del Impuesto sobre la Renta, el 50% del IVA y el 58% de los Impuestos Especiales (hidrocarburos, tabaco y alcohol). Puesto que en la mayor parte de los casos esos impuestos son insuficientes para financiar los gastos traspasados, la Administración Central cierra la brecha existente con una transferencia. En resumidas cuentas, cuando se habla de financiación autonómica, se está haciendo referencia a cuántos recursos nutren los presupuestos de las Comunidades y de qué fuentes proceden.
Las balanzas fiscales, por su parte, son una herramienta contable que calcula el saldo de la actividad financiera del sector público en un territorio determinado. Pero cuando se habla de balanzas fiscales en los medios de comunicación españoles, se está haciendo alusión a un caso concreto de éstas: se mide la diferencia entre los ingresos generados y los gastos realizados por la Administración Central en un territorio concreto o, dicho de otro modo, la diferencia entre los impuestos pagados (al Estado) y los beneficios recibidos (del Estado) por los ciudadanos de esa región. Cuando una Comunidad paga una cantidad de impuestos que supera a los beneficios que recibe de los servicios públicos, se dice que tiene déficit fiscal. Si, por el contrario, los servicios percibidos superan a los impuestos soportados, se dice que tiene superávit fiscal. ¿Por qué existen esos déficit y superávit? Existen dos razones fundamentales.
La primera, porque el Estado puede, discrecionalmente, destinar un volumen de gasto mayor a un territorio determinado, por razones de necesidad o para recabar votos. Por ejemplo, la creación de infraestructuras afecta claramente al mapa de balanzas fiscales regionales, especialmente si sólo se estudia un año determinado: mientras se esté acometiendo una inversión (una carretera) en un territorio concreto, las balanzas mostrarán un trato más benigno por parte del Estado; sin embargo, una vez finalizada la inversión, podría parecer como si el Estado nunca hubiese invertido allí (aunque persiste la corriente de servicios generada por la infraestructura).
La segunda razón, mucho más importante desde el punto de vista cuantitativo, tiene que ver con la existencia de herramientas redistributivas dentro de los Presupuestos Generales del Estado. Empecemos por el lado de los ingresos. Uno de los principales impuestos de nuestro sistema tributario, el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, es de carácter progresivo. Esto significa que contribuyen proporcionalmente más aquellos que más renta tienen. Cuando una Comunidad tiene más residentes de renta alta, la carga que soporta el conjunto de su población es proporcionalmente mayor porque se les aplican tipos más altos. Pero eso no significa que sus ciudadanos realizan un esfuerzo fiscal mayor, porque el impuesto que se les aplica es el mismo que a los residentes en otras Comunidades.
Por el lado de los gastos, una de las prestaciones públicas que tiene mayor impacto redistributivo son las pensiones. Aquellos territorios donde haya un porcentaje mayor de pensionistas percibirán, en media, un mayor beneficio de la Seguridad Social. Pero sólo porque tienen más residentes beneficiarios, no porque sus pensiones sean más altas que en otras regiones.
La combinación de ambos instrumentos hace que las Comunidades más ricas, en las que además el envejecimiento de la población suele ser menor, contribuyan proporcionalmente más a sostener el presupuesto de la Administración Central y perciban un flujo de beneficios menor. Dicho de otro modo, la actual estructura de ingresos y gastos públicos implica, inevitablemente, la existencia de un déficit fiscal en los territorios donde viven más ricos. Al mismo tiempo, en las Comunidades con menor nivel de actividad económica, que además suelen estar más envejecidas, se genera una menor recaudación fiscal, al tiempo que reciben proporcionalmente más beneficios, es decir, tienen superávit fiscal.
Algunos apuntan a que las transferencias que el Estado paga a las Comunidades Autónomas, por su estructura y criterios de distribución, contribuyen a aumentar el déficit fiscal de algunos territorios. Sin embargo, es fácil desmontar este argumento: esas transferencias supusieron algo menos del cuatro por ciento del presupuesto total consolidado de la Administración Central en el año 2009, de manera que parece poco probable que fueran las principales responsables de la cuantía de los déficit fiscales de algunas Comunidades.
Si los resultados del sistema de financiación no se consideran justos, porque su diseño es excesivamente (o demasiado poco) redistributivo, adelante con la (enésima) reforma. Pero por mucho que modifiquemos la estructura de las transferencias, con su actual cuantía, no cambiaremos de manera significativa los flujos financieros generados por el Estado.
Al criticar los resultados de las balanzas fiscales, lo que se está poniendo en cuestión es la estructura del Estado de Bienestar y las políticas redistributivas que éste implica. Es posible buscar un modelo de convivencia en el que la redistribución interpersonal sea menor, es decir, que sea menos solidario. Y eso, sin duda, reducirá los desequilibrios en las balanzas fiscales. Pero esa es otra cuestión, y ya la discutiremos otro día…